Generación

Eerste Openluchtschool, Johannes Duiker

Las generaciones nacen unas de otras, de suerte que la nueva se encuentra ya con las formas que a la existencia ha dado la anterior. Para cada generación, vivir es, pues, una faena de dos dimensiones, una de las cuales consiste en recibir lo vivido —ideas, valoraciones, instituciones, etc.— por la antecedente; la otra, dejar fluir su propia espontaneidad. […]

[…] Ha habido generaciones que sintieron una suficiente homogeneidad entre lo recibido y lo propio. Entonces se vive en épocas cumulativas. Otras veces han sentido una profunda heterogeneidad entre ambos elementos, y sobrevinieron épocas eliminatorias y polémicas, generaciones de combate. En las primeras, los nuevos jóvenes, solidarizados con los viejos, se supeditan a ellos: en la política, en la ciencia, en las artes siguen dirigiendo los ancianos. Son tiempos de viejos. En las segundas, como no se trata de conservar y acumular, sino de arrumbar y sustituir, los viejos quedan barridos por los mozos. Son tiempos de jóvenes, edades de iniciación y beligerancia constructiva.

ORTEGA Y GASSET, José ~ El tema de nuestro tiempo

En la imagen que abre el post hay dos tipos de edificios que representan dos formas de afrontar la arquitectura y de entender la ciudad muy diferentes. Sin embargo, entre ambos mundos la cisura no excede la década. Comparten digamos el mismo espacio físico y temporal, pero son obra de mentalidades, de generaciones, distintas.

Hay una trampa en la fotografía, y es que puede hacer pensar que el edificio de cristal, más moderno, fue construido después que los que lo circundan, de estilo más clásico; pero aunque los primeros pasos para la construcción de estos últimos se dieron en torno a 1915 con el plan para el desarrollo de Amsterdam Zuid, lo cierto y verdad es que cuando la Escuela Libre de Ámsterdam fue construida, entre 1926 y 1930, ocupaba un solar vacío. Porque las cosas, por suerte, son siempre más complejas de lo que aparentan.

No se trata aquí de hacer apología de lo «moderno» o lo «no-moderno» —entre otras cosas porque un análisis más severo del que es nuestra intención hacer podría deparar sorpresas sobre la modernidad o banalidad de las arquitecturas que se dan por hecho que son o bien vanguardistas o bien retrógradas—, sino de acercarnos al fenómeno de la coexistencia, alternancia y sucesión, en el espacio de pocos años y en una nación como los Países Bajos sin cambios culturales bruscos en el período que nos ocupa, de lo que se ha venido en llamar dos generaciones de arquitectos tenidas a posteriori por radicalmente diferentes.

Seguiremos la literatura existente al respecto al designar como primera generación al grupo más o menos cohesionado que forman arquitectos como J. M. Van der May, M. de Klerk y H. P. Berlage (operativos sobre todo en los años 10); mientras que por segunda generación entendemos la compuesta, entre otros, por J. Brinkman, J. Duiker y J. J. P. Oud (que descollan a partir de los años 20).

No obstante el salto estético y tecnológico entre unos y otros, que es lo que en suma los hace pertenecer a escuelas distintas, es posible establecer fuertes lazos comunes entre ellos y cabe hablar de vanguardia arquitectónica tanto en los primeros como en los segundos. Porque en ambos hay un esfuerzo importante por cambiar profundamente el concepto de vivienda y de ciudad; se quiere incorporar, con escasos recursos, el trabajo arquitectónico al compromiso por mejorar la calidad de vida no ya del cliente, sino de toda la sociedad. Es un trabajo nuevo y por tanto experimental.

La gran aportación de la vanguardia holandesa es no limitarse a la formalización de la vivienda, sino abarcar la vida completa de la clase trabajadora. Se piensa la nueva ciudad, que no tiene por qué ir en contra de la tradicional; se busca complementar los espacios metropolitanos, el comercio y bullicio con otros donde se introduce el mundo rural, zonas verdes y tranquilas, siempre públicas. Para llevar a la clase trabajadora, cuya idea habitacional es la casa unifamiliar, al bloque colectivo, los arquitectos necesitan elaborar una serie de herramientas más o menos complejas que solucionen la transición desde la vivienda individual. Estamos muy lejos de la fría imposición de unos módulos estandarizados e inertes a personas de toda clase y condición, que serán embaladas dentro del mismo paquete en cantidades industriales a partir de la Guerra; aquí hay una sensibilidad, un sentido de dignidad de la clase trabajadora que hace a los arquitectos trabajar por ofrecerles un lugar mejor dentro del tejido urbano y social.

Necrópolis

Nosotros vemos como el que tiene poca luz
Las cosas, dijo, que están lejano;
Tanto aún nos alumbra el sumo Dux.

Cuando se aproximan, o son, del todo es vano
Nuestro intelecto; y si otro no nos lo muestra,
Nada sabemos de vuestro estado humano.

Pero entender puedes que toda muerta
Estará nuestra sabiduría en el momento
Que del futuro sea cerrada la puerta.

DANTE ~ Divina Comedia, Infierno, Canto X

Al igual que las almas dolientes de Dante podían entrever el futuro pero a medida que éste se hacía más próximo el significado del presente humano se les escapaba, no sería muy descabellado pensar que cuando la civilización etrusca construía sus magníficas necrópolis en los valles de la Toscana su mirada no se dirigía a sus contemporáneos, sino que constituía un mensaje para lo lejano: por un lado el más allá, al que como se verá dedicaban la mayor atención; pero por otro también las generaciones futuras, nosotros que hoy podemos conocerla sólo gracias a ellas.

Marcar el punto de enterramiento de un ser humano mediante una acumulación de material es una de las prácticas más antiguas de nuestra especie. Los grandes túmulos erigidos por numerosos pueblos, desde los celtas a los etruscos a diversos pueblos orientales, tendrían su origen en los pequeños montículos de piedras utilizados para señalar el lugar de descanso de un hombre de participación destacada en la comunidad. Un guerrero, algún ánima memorable cuya memoria los pueblos nómadas querrían compartir dejándola anclada a un lugar que otros que vinieran detrás podrían visitar algún día.

El pueblo etrusco, que para sus primeras sepulturas conocidas utilizó pequeños y humildes pozos excavados en la tierra, en torno al siglo VII a.C. comenzó a optar por esta otra antigua tipología, alternada con sepulcros en pequeños cubículos en hilera —ambas pueden ser observadas en la fotografía que abre el post—, quizá influenciado por los contactos con pueblos orientales. Según otra teoría, sería una costumbre que ellos mismos habrían observado en otro tiempo, si es cierto que sus orígenes se encuentran en migraciones hacia Italia desde la región de Anatolia —no en vano, el idioma etrusco no ha podido ser emparentado con ningún otro de la península itálica ni con lengua indoeuropea en general; sin embargo, guarda gran similitud con el hablado en la isla de Lemnos, en el Egeo—.

En algunos casos se utilizaban montículos ya más o menos formados, pero pronto se optó por construirlos artificialmente, con un basamento circular de unas pocas hiladas de piedra y una coronación con tierra en la que a veces se llegaban a plantar pequeños árboles. No obstante lo sugestivo de los conjuntos tumulares de Etruria desde el exterior, lo realmente importante se encuentra bajo ellos: excavadas y sostenidas con falsas bóvedas de piedra, las sepulturas reproducen con exactitud las casas que las personas allí enterradas habían habitado en vida: muebles y techos esculpidos en piedra imitando la construcción en madera original; ajuares completos de cerámica de la mejor calidad, como si la vida continuara ininterrumpida bajo los montículos y la muerte no fuera más real que el umbral de los sepulcros.

La paradoja de nuestro conocimiento arqueológico y etnológico de los etruscos es que, dado que sus ciudades fueron deshabitadas paulatinamente o destruidas por los romanos, su población subsumida o aniquilada por estos, no queda desde hace muchos siglos ninguna edificación etrusca que levante más de dos palmos del suelo; lo que significa que la única forma de conocer fidedignamente la ciudad etrusca, la polis, es a través de su perfecto reflejo, la necrópolis.

En efecto, estas no-ciudades, de extensión igual o superior a la ciudad de los vivos y dispuestas a una distancia manejable de éstas, constituyen una auténtica ciudad especular, en el sentido más terrible de la palabra; un gran ejemplo de heterotopía, en términos de Foucault. Prácticamente cada familia poseía, a pocos centenares de metros del lugar donde desarrollaba su vida cotidiana, un otro lugar construido idénticamente al primero, falseando la lógica constructiva para ello, en el que continuaría imperturbable su vida futura. Una forma de pensar verdaderamente intrigante pero no tan lejana a nuestra sociedad actual si esta lógica se vuelca a otros aspectos de nuestra vida aplicando el correspondiente análisis perturbador.

Hipervínculo

La sala de telégrafos en el Mundaneum. Mons, Bélgica

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza.

BORGES, Jorge Luis ~ La biblioteca de Babel 

Paul Otlet fue un persona excepcional que cambió el mundo.

Nacido en 1868 en Bruselas se graduó como abogado con veintidós años y cinco más tarde fundó junto a su amigo y premio Nobel de la paz, Henri La Fontaine, el  Instituto Nacional de Bibliografía.

El belga instituyó también la Unión de Asociaciones Internacionales, convencido de que las naciones debían cooperar entre ellas porque sus intereses mutuos a largo plazo serían más valiosos que los individuales a corto plazo, una obviedad que por flagrante a muchos debió parecerle, y hoy día aún consideran, tan peligrosa como inverosímil. Además Otlet participó activamente en el Movimiento Pacifista que llegó a liderar para crear la Liga de las Naciones y de la que acabó desprendiéndose posteriormente la Organización para la Cooperación Intelectual, precursora de la Unesco, y de la que también formaron parte Salvador de Madariaga, Béla Bartók, Henri Bergson, Marie Curie, Thomas Mann, Paul Valéry o Albert Einstein entre otros.

Otlet tuvo una obsesión imposible que le ocupó durante toda su vida: almacenar, organizar y poner al alcance de todos la información producida por el hombre desde el principio de los tiempos. Para ello desarrolló el Sistema Internacional de Búsqueda que ya en 1912 recibió mil quinientas consultas de diversa temática, por correo o telégrafo, que por 27 francos y en pocas semanas, recibían una lista con referencias bibliográficas como respuesta.

La vasta colección de libros, revistas, artículos, fotografías y carteles que garantizaban el funcionamiento de la idea empezó a tomar forma bajo el nombre de Repertorio Bibliográfico Mundial, nueve años después de ser concebida, en 1919 cuando el rey Alberto I cedió para su almacenaje ciento cincuenta habitaciones del Palacio del Cincuentenario de Bruselas.

Años más tarde, arrastrado por la triste corriente que históricamente ha corrido con más energía —la de los intereses económicos— la colección acabó varada en su actual paradero, una pequeña calle de Mons. Este triste y largo periplo, que le haría viajar a la deriva por múltiples locales y garajes de poca monta, hizo que, en un fallido golpe de timón por evitar el naufragio, el proyecto fuera rebautizado.

Como no podía ser de otra manera, en una historia más de sueños y proyectos en el tiempo, se esperaba en la sospecha la inevitable salida a escena de Le Corbusier, al que en 1929 Otlet encargó, efectivamente, la complejísima tarea de dar forma a la historia que narramos: el museo mundial del conocimiento se construiría y pasaría a conocerse como Mundaneum.

Esta biblioteca de bibliotecas era mucho más que un proyecto para dar cobijo a las doce millones de tarjetas de cartón de 3×5 cm, sistema a modo de hardware desarrollado para dar soporte físico al índice de índices; era también mucho más que un proyecto para albergar los documentos acumulados referenciados a aquellas tarjetas. Esta infinita colección cultural debió formar parte de un todo más complicado: la construcción de una esperanza y el proyecto de unos ideales intelectuales, que suscribían la premisa moderna y positivista de que la ciencia cambiaría al mundo, y que aspiraba por tanto a convertirse en un nuevo complejo urbano cuyo centro neurálgico sí estaría formado por el Mundaneum, pieza fundamental de la idea, pero cuyo programa salía de la biblioteca-museo para dilatarse y extenderse hacia una universidad y residencia de estudiantes, así cómo se acababa al resto de la ciudad.

La dicotómica empresa de almacenar semejante recopilación, por ser al tiempo excesiva e insuficiente, no tardó en desbordar tanto los cálculos como las intenciones del arquitecto y del bibliógrafo. A causa de esta imposibilidad física y económica el proyecto de Le Corbusier no llegó nunca a construirse y Otlet continuó soñando, y soñó con internet:

Aquí las páginas de las obras ya no están en ningún libro. En su lugar la pantalla y el teléfono tendrán más valor. En una oficina de peticiones estarán todos los libros y toda la información sobre ellos. Las preguntas se harán por teléfono, y en la oficina se leerán las páginas necesarias para responderlas.

Estas sentencias están extraídas del Tratado de Comunicación, escrito por Otlet en 1934 y que, paradójicamente, ha resultado perder en la traducción de su título más de lo que a prioiri podemos intuir si leemos el original (Traité De Documentation. Le livre sur le livre. Théorie et pratique). Esperamos se nos permita incidir en esta curiosidad, ya que entendemos que es ese juego de palabras —libro de libros— el que sintetiza de manera casi circular la que quizás fue la más importante y paradigmática idea del pensamiento otletiano: una metalingüística invitación a cambiar la manera en la que miramos, vemos y comprendemos el mundo; un giro que quiso desplazar precursoramente las lecturas, de las páginas al lomo.

Así pues, haciendo hincapié en el elemento de unión y en la función organizativa y clasificadora de éste, fue cómo Otlet inventó el hipervínculo. Un concepto esencialmente arquitectónico del que Le Corbusier se apropió  inteligentemente para utilizarlo como hilo conductor de su proyecto para el Mundaneum y con el que queremos acabar parafraseando a Carlos Tapia, que suele insistir en que la arquitectura no es fin, sino medio, y que las generaciones de arquitectos han de tener esa formación en sintomatología y acción, para poder formar parte del tiempo en que viven, tanto para hacerlo visible, cuestión nada sencilla, como para poder curvarlo, en la medida que toda generación, independientemente de su profesión, sueña con ser lo que pliega y dirime su época.

Plano

Barceloneta Coderch

Siempre ha sido así: pensaba un cuadro y ya lo consideraba hecho.
El resto era trabajo.
Realizar una obra pensada y por ello ya concluida, era como distanciarse de ella: distanciarse de su conocimiento inmediato.
Sé bien que existe otro grado de conocimiento que es precisamente el del hacer. Se conoce lo que se hace, sólo mientras se hace.
Es un conocimiento profundo y complejo, pero es distinto de la chispa, o mejor, de la serie de chispas que es pensarla.
¿Pero cómo acercar dos momentos sin que uno se diluya demasiado en el otro?
A mí se me ha hecho natural ir deprisa.

NOTARGIACOMO

Se dice que Frank Lloyd Wright se jactaba de haber sido capaz en una ocasión de concebir en su mente todo un proyecto, del primer al último detalle, hasta el punto de poder construirlo sin haber hecho uso del papel.

Este gesto de genio se encuadra en la tormentosa relación del arquitecto con su instrumento de trabajo por antonomasia, el plano. El papel —la pantalla— constituye el plano sobre el que se plasma la realidad deseada, un escorzo del futuro previsto, de la cosa deseada. Pero el entendimiento entre actor y acto no tiene por qué ser lineal. Muchas veces el plano responde al dibujante, como hacía la Casa Baensch con Hans Scharoun, un proyecto que establece un auténtico diálogo con el arquitecto y le pide cambios, a modo de ente con sus propias necesidades: dar más preeminencia a esta sala por aquí, conseguir esas vistas al jardín por allá… Una historia que cuenta el paso de la casa como caja al estallido del habitar y que podemos leer en las distintas etapas fijadas en los bocetos preliminares.

Otro admirador de Wright, Carlo Scarpa, hacía del dibujo pensamiento plasmando en él todo su mundo interior de obsesiones. Dibujo sobre dibujo, bosquejaba cada detalle del proyecto: cada piedra, cada conducto, cada encuentro, cada hueco venía pensado, es decir, al pensarse se dibujaba, pedía su propia resolución, su propia forma y carácter, ése y no otro. Una forma de trabajar agotadora y a contracorriente con su tiempo.

En general, de la observación de la forma de trabajo de todos los grandes arquitectos de los últimos siglos, podría inferirse que existe un modo distinto de afrontar el plano para cada uno de ellos. Tal es la naturaleza personal de este instrumento.

Para algunos, la irrupción del plano en la proyectación arquitectónica significa el comienzo de la arquitectura en propiedad. La capacidad de prever con exactitud qué y cómo va a construirse significaría un salto cualitativo gigantesco ubicado temporalmente en el Renacimiento. Al igual que el ser humano se distingue del animal por su capacidad de previsión —un rasgo genuino de inteligencia—, el arquitecto humanista se distinguiría del maestro de obras medieval por la naturaleza de su trabajo. No obstante, visto desde ese punto de vista el plano vendría a significar una escisión de la correspondencia natural entre obrero y obra, separando el trabajo manual del intelectual. Para que exista la arquitectura en sentido moderno, debe hacerlo separada del objeto de sus atenciones; de ahí se entiende mejor que su historia sea la de la búsqueda desesperada de este compañero perdido, la historia de una ausencia.

La fanfarronería de Wright escondería entonces, en un plano muy sutil, un secreto anhelo de venganza del intelecto: pasando por encima al plano, se daría el feliz reencuentro de lo físico con lo inmaterial. Algo que resulta demasiado bueno para ser verdad.

Individualidad

Repetición

Debemos crear el estado de ánimo de la producción en serie; el estado de ánimo de la producción en serie de casas; el estado de ánimo de habitar en casas producidas en serie; el estado de ánimo de concebir casas en serie.

LE CORBUSIER ~ Estética del ingeniero, arquitectura

Jeanneret sabía bien lo que se traía entre manos cuando escribía estas palabras allá por 1923. Dentro de la gran operación de propaganda más o menos bienintencionada que fue en cierto modo el movimiento moderno, uno de los caballos de batalla fue siempre la vivienda social, esto es, condiciones de vivienda digna —soleamiento, ventilación, cualificación del espacio interior— contra la ciudad existente, que aparecía siempre en las comparativas como hiperdensificada, antihigiénica o directamente inhumana (ejemplo didáctico es Can our cities survive?, de J. L. Sert). El sentido común parecía dictar, con las posibilidades tecnológicas del momento, el empleo de materiales de fabricación industrial en serie como modo de abaratar los costes y hacer accesible la nueva arquitectura de la vivienda a todas las capas de la población. La ecuación era, más o menos, reducción de costes equivale a piezas iguales fabricadas en serie que equivale a casas iguales. De ahí la necesidad de concienciar al grueso de la sociedad, que no podía creer —y sigue en general incrédula unos noventa años después— que algo tan feo pudiera construirse y venderse como el no va más en calidad de vida.

La crítica exclusivamente estética del movimiento moderno y sus realizaciones es, aparte de simplista y tendenciosa, errónea en su raíz, ya que la nueva arquitectura propugnaba la superación del modelo burgués de belleza subjetiva basada en la ostentación y directamente proporcional al número de elementos innecesarios presentes en la vivienda. Una crítica medianamente seria en el plano estético —algo que por otra parte debería ser mucho más corriente en arquitectura que lo que por desgracia es— tendría que desgranar este principio y ver cuánto hay de apropiado en él y en la fenomenología que ha dado en generar en todos estos años. No obstante, por ahora dejaremos este aspecto para otra ocasión y, tocando algunos puntos clave, intentaremos centrarnos en cuánto de correcto o erróneo tiene la ecuación antes presentada a nivel del individuo consumidor de vivienda y la satisfacción de sus aspiraciones.

La vivienda como máquina de habitar, perfectamente pensada para la satisfacción de un usuario entendido como programa, como lista de funciones vitales individualizables (doce exactamente, decía Hannes Meyer: vida sexual, dormir, higiene personal, cocina, etc.), se encuentra en un extremo de las formas de vida, un extremo que a nadie se le había ocurrido poner en la base de la proyectación de viviendas en masa hasta principios del siglo veinte y por tanto un verdadero experimento social del que pocos usuarios han salido satisfechos. ¿Por qué? ¿Por qué una casa impecable en cuanto a funcionamiento, que venía a mejorar de forma notable las condiciones de vida ha sido recibida de forma tan tibia por la sociedad? La mayor de las objecciones podría ser ver qué hay de propio en una casa proyectada como una máquina. ¿Dónde cuelgo mis cuadros? ¿Dónde pongo mis muebles? —Porque los muebles modernos no hay quien los compre, son caros e incómodos, de donde ostentosos y burgueses (el cazador cazado)—. En un bloque de viviendas como el de la imagen, ¿dónde estoy yo? La tendencia individualista del hombre está deliberadamente omitida en esta arquitectura, sacrificada en pro de la utopía social. Lo cual no sería tan terrible si no fuera porque los inquilinos de muchas de estas viviendas han demostrado poco de sociales, generando formas de conflictividad antes desconocidas. Para Le Corbusier la humanidad era mercancía apilada en módulos industriales estandarizados: limpia, impersonal y buena. Pero las personas son cálidas, afectuosas, cargantes y malas.

En el otro extremo se encontraría entonces la autoconstrucción, la persona que edifica su propia casa o la de su familia determinando todos los aspectos del diseño en mayor o menor modo, generalmente con ayuda de otros en aspectos meramente técnicos. Architecture without architects. La arquitectura de nuestros abuelos, sus padres y los padres de sus padres. Una alternativa mucho más válida de lo que podría parecer, con bastantes problemas a nivel de organización y probablemente obsoleta en muchas situaciones urbanas, pero que sin embargo genera un nivel de confort vital envidiable, ya que la identificación del usuario con su vivienda es mucho más fuerte.

En el término medio está la virtud: eso debió pensar N. J. Habraken cuando en 1962 escribió Soportes. Una alternativa al alojamiento de masas, texto en el que hacía un interesante repaso a la historia de la vivienda moderna aquí apuntada, señalando sus principales inconvenientes. Además, proponía como solución un sistema por el cual los profesionales diseñasen los ínclitos soportes, medios comunes a todas las viviendas, de fabricación industrial, que las sostendrían estructuralmente y servirían para posibilitar las funciones compartidas. Estos constituirían el armazón de la ciudad, a cargo de los urbanistas, en el que los usuarios, auxiliados por los arquitectos, insertarían viviendas particulares construidas a su deseo, conservando la variabilidad connatural a la ciudad y suprimiendo la artificialidad de la era moderna de producción de casas.

Cuán poco se ha avanzado en este sentido en los últimos cincuenta años y cuán poco es posible hacerlo en el terreno de la vivienda en países con una legislación como la nuestra es algo que debería hacernos reflexionar, siendo como es un asunto tan primario y universal.

Actitud

Imagen

Hubo una época, y de ello no hace mucho, en que los hombres se movían dentro de esquemas deterministas; llamémosles esquemas cotidianos. Estos esquemas coloreaban su conducta y su manera de ver, tanto lo que hacían como lo que sentían. Entonces —y esto tenía que suceder tarde o temprano— algunos individuos perspicaces, con antenas sumamente delicadas -poetas, pintores, filósofos, científicos la mayoría de ellos- saltaron de estos cauces y le quitaron a la realidad esa pátina determinista que la cubría. Vieron cosas maravillosas y nos hablaron de ellas.

MORALES, José ~ La disolución de la estancia

Una de las cualidades más olvidadas y menos valoradas de la arquitectura es precisamente aquella capacidad de generar necesidades, algo que sin embargo acostumbramos a presenciar en nuestro día a día y que ha sido aprovechado nocivamente por otros campos más relacionados, si cabe, con la publicidad.

Asumiendo que la sentencia anterior es inabarcable por compleja y movediza preferimos abordar esta entrada desde la inocencia que garantiza la imprecisión de lo exclusivamente teórico. Es decir, asumir la condición antropológica y/o social del proceso creativo que supone el ejercicio de arquitectura y pensar que se trata de algo reversible, transitable en ambos sentidos.

Ya que históricamente el hecho de que las dificultades entre dos grupos cualesquiera ha estado protagonizado por la circunstancia coyuntural de que aquellos que tenían la solución eran justamente los que no tenían el problema, nos gustaría pensar que una actitud pertinente para intentar mejorar el mundo en que vivimos sería la de plantear posibles soluciones sin ni siquiera existir, aún, el problema.

Algo de esto, que tiene mucho de utopía y por tanto de caminar más que de llegar, se contaba de mano de la plataforma de trabajo en red Zoohaus en la VIII Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo celebrada en Cádiz. Ellos compartían la anécdota de que nada más acabar de construir en Palomino, Colombia, su Oficina de Deportes (podemos imaginar que en un principio el proyecto tenía otro nombre o incluso carecía de él) un grupo de chicas se acercó al encuentro del responsable del equipo infantil de fútbol para compartir su propósito de formar un equipo femenino y exigir que se les escuchara.

A pesar de que, por parte de las jugadoras, el deseo de reclamar sus derechos hubiese estado siempre latente entre ellas, este suceso en concreto no tuvo ocasión de ocurrir antes ya que hasta el momento de la construcción no había dónde buscar al entrenador. Tampoco existía un soporte físico donde sentarse a hablar y negociar o un cobijo en el que almacenar y garantizar que perdurara la documentación necesaria para poder organizar los distintos eventos; una documentación que, por otro lado y puestos a imaginar, podemos pensar que no fue creada hasta el momento en el que se tuvo la posibilidad de garantizar su existencia.

El hecho de cubrir con hoja de palma un sitio, construyó un lugar precisamente por desprenderse de este simple gesto un ardid de características, a priori, imprevisibles. Acondicionar este enclave supuso generar horarios y por tanto encuentros, una espoleta burocrática que, como apuntábamos antes, surgió sin previsión al proponer una solución a un problema intangible de antemano.

El proyecto se convierte a veces en una especie de catalizador de comportamientos, una manera de incidir en las costumbres de las personas que harán uso de él. Muchos sospechan que el fracaso del movimiento moderno radicara fundamentalmente aquí: en malinterpretar o abusar de la condición ineludible que supone poder cambiar el modo de vivir de la gente.

El tema, por peliagudo, lo dejamos escapar deliberadamente para darle alcance más adelante y por partes; no sin antes apuntar uno de las posibles puntos de tangencia que comparten la imagen, la cita y el cuerpo de texto y que toma forma a modo de sospecha: y es que puede que la arquitectura en último término sólo sirva para sugerir.

Ambiente

El ambiente […] es concebido como una escena, y en tanto que escena requiere ser conservado expresamente por sus funciones; se trata de una necesaria permanencia de funciones que salvan sólo con su presencia la forma e inmovilizan la vida y entristecen como todas las falsedades turísticas de un mundo desaparecido.

ROSSI, Aldo ~ La arquitectura de la ciudad

La noción de ambiente urbano, enunciada por el italiano Gustavo Giovannoni, surge en cierto modo como reacción frente a la idea, extendida gracias a las teorías de Viollet-le-Duc, del monumento como objeto acabado o acabable en sí mismo, independientemente de su contorno y por tanto especialmente susceptible de ser aislado de todo elemento supletorio o yuxtapuesto distinto a la idea predominante. Arquitectos como Giovannoni rechazaron estas premisas al comprobar la facilidad con que derivaban en el derribo de construcciones vinculadas a monumentos por el simple hecho de no contribuir a la realización del espíritu original de la obra. Lo que él y otros advirtieron con su ausencia fue precisamente el valor de dichas construcciones, a priori torpemente anexas o parasitarias, para conformar una atmósfera más cercana; su función tanto de articulación visual como de bisagra entre la escala monumental y la de la plaza o la calle.

De este modo, el ambiente surge como un escalón superior, que no superador, al monumento en la teoría de la restauración; ya no se trata de que el valor arquitectónico con derecho a ser protegido se encuentre en las grandes obras de la humanidad pretérita, sino también en aquellos conjuntos de construcciones que, sin ser de un valor técnico o simbólico excepcionales tomados por separado, sí que conforman un collage de indudable valor histórico, etnológico y cultural. El talón de aquiles de la noción de ambiente se manifiesta en la facilidad con que puede obviarse el aspecto espacial de la cuestión y pasar a entenderse que sólo el elemento visual es capital para la identificación de un ambiente. Porque si el valor de éste se encuentra en su imagen, ¿qué importancia tiene lo que no se ve? En un renovado furor por el esse est percipi, las ciudades corrieron a salvar sus ambientes y guardarlos con celo frente a las nuevas construcciones con el burdo mecanismo de mantener fachadas a todo coste y vaciar los interiores como si fueran bolsillos. El resultado es una ciudad falsificada, o si se quiere tan auténtica como Villar del Río engalanada para la llegada de Mr. Marshall.

El ambiente urbano así malentendido puede ser un enemigo terrible para la arquitectura de la ciudad, ya que, arraigado en la conciencia política y urbanística, actúa como una fuerza que petrifica la ciudad frente al desarrollo, congelándola en el tiempo, lo que por otra parte es un ejercicio de supina soberbia ya que presupone que este momento, este ambiente preciso, es más digno de ser conservado que todos los que ha devorado con anterioridad. Por ello es especialmente necesario, si se quiere tener una aproximación más sincera a una idea de ambiente, tener una conciencia diacrónica de este fenómeno, una concepción del ambiente como devenir de ambientes, como superposición y yuxtaposición de todos los individuos y culturas que los han conformado.

Frente a esta cultura del fachadismo y del ambiente oficial, como si la imagen de una ciudad pudiera ordenarse por decreto, arquitectos como Aldo Rossi reaccionaron atacando furibundamente al concepto de ambiente y sumiéndolo en el descrédito, relegado al tipo de cosas más propias de los viajes turísticos. En concreto, Rossi destaca que la noción de ambiente aparece extraordinariamente vinculada a lo ilusorio, y por tanto lo que de ella resulta no es más que la construcción de escenas. Destruido el ambiente como elemento de valor patrimonial, Rossi se dispone a buscar uno nuevo, mucho más sólido y trascendente, desligado de toda consideración simplista visual. Para Rossi este valor es la tipología. La riqueza de una cultura, sus costumbres, en fin su espíritu, cristalizarían en un tipo como adecuación perfecta a un clima y a un locus determinados. Ésta sería la conquista de una civilización, la construcción de tipos arquitectónicos propios, por tanto su valor a preservar. El tipo es un concepto mucho más versátil que el de ambiente, ya que admite modificaciones sustanciales de forma o función sin perder sus cualidades patrimoniales.

No obstante la clarividencia de esta argumentación, el ambiente bien entendido no debe ser enviado a dormir el sueño de los justos. Kevin Lynch ya llamó la atención sobre la gran importancia que tiene el modo en que el habitante percibe la ciudad, bien desplazándose por ella, bien concentrándose en puntos fijos, para entender la forma en que la vive; y Robert Venturi insistió sobre el valor que la fachada adquiere como portadora de símbolos arquitectónicos ricos en significado. Quizá de lo que se trate es de que nuestra cultura cree sus propios ambientes, de forma natural y sin complejos de inferioridad con el pasado.

Decadencia

Foro di Nerva

Las culturas tienen una vida independiente de las razas que las llevan en sí. Son individuos biológicos aparte. Las culturas son plantas. Y, como éstas, tienen su carrera vital predeterminada. Atraviesan la juventud y la madurez para caer inexorablemente en decrepitud. Estamos hoy alojados en el último estadio —en la vejez, consunción o decadencia [Untergang]— de una de estas culturas: la occidental.

ORTEGA Y GASSET, José ~ Prólogo a la traducción española de La Decadencia de Occidente, de SPENGLER, Oswald

Para muchos, los romanos debían ser seguramente unos señores con cepillo en la cabeza que iban paseándose en caballos blancos por el mundo; en ese caso, la desaparición de estos seres debe aparecer como un misterio insondable. Quizá lo más interesante de esta encantadora perspectiva es esa noción de caída del Imperio que desde hace siglos ha maravillado a los espectadores de televisión de todo el mundo y antes a eruditos como Edward Gibbon, autor en el s. XVIII de la impresionante Historia de la decadencia y caída del Imperio romano. Este libro supone el culmen de la interpretación decadentista de la historia de Roma según la cual confluyen causas externas, como las invasiones bárbaras, e internas, como la corrupción, la desidia y las conversiones al cristianismo crecientes entre los romanos, en un proceso que culmina con la deposición del último emperador de Occidente en el 476 d.C. El testimonio más clarificador de este devenir histórico lo constituiría el abandono generalizado e impresionante, por inconcebible a los ojos modernos, de las infraestructuras de la Antigua Roma, que habían requerido tantísimo trabajo para alzarse y habían acogido tanta magnificencia en su época de esplendor, y en un tiempo relativamente corto se vieron reducidas a poco más que ruinas.

No obstante, una interpretación así merece una revisión a la luz de los hechos. En lo que a nosotros interesa, el aspecto arquitectónico del asunto, suele decirse que el último monumento como tal erigido en Roma fue la columna dedicada en el Foro al emperador bizantino Focas en el 608 d.C. No obstante, pensar que este elemento, cuyos orígenes podrían remontarse realmente al s. II d.C., fue la última adición a una panorámica perfecta constituida por un conjunto de elementos estáticos añadidos a lo largo de siglos es pasar por alto, por ejemplo, que cuando ello tuvo lugar el plano del Foro se había elevado ya varios metros sobre la cota que tenía en época de Augusto. De hecho, en la discutibilísima intervención arqueológica realizada para alcanzar esta cota de forma innatural y tratando como indignos todos los estratos de ocupación humana posteriores, se han dejado a la vista los cimientos de ladrillo de la columna, evidenciando cuál era el estado de la cuestión en el momento de dedicarse el monumento. Pongámonos en situación: en el 608 ya llevaban desmontándose alrededor de medio siglo las arcadas meridionales del Coliseo para emplear el material en otros menesteres. La última caza de animales celebrada en este anfiteatro se data en el 523, y la última pelea de gladiadores, en torno al 438.

Lo que debemos entender es que en Roma no quedaba ni el dinero ni la voluntad para mantener los contenedores de una memoria que ya no existía. No había ya culto de Venus, ni de Isis, ni de los Juegos, ni del Emperador, ni de Roma; a lo sumo de Dios, la Virgen, los Santos y los Mártires. ¿Qué razón iba a tener una sociedad que vivía en un mundo que no lo representaba para mantenerlo o, mucho menos, glorificarlo? Los romanos, que fueron capaces de mantener las formalidades republicanas hasta bien entrado el s. IX, no fueron aniquilados, deportados o presa del genocidio —aunque su ciudad fue saqueada con cierta regularidad desde finales de la época imperial—; más bien, generación tras generación, en un proceso lento pero imparable y que se fue extendiendo de las capas más bajas a las más altas de la sociedad, eran otros: tenían una sensibilidad distinta, hablaban un idioma distinto y practicaban una religión distinta.

Uno de los aspectos arquitectónicos más interesantes, aparte de las vicisitudes de conservación, desmantelamiento y transfiguración de cada monumento concreto, es el maravillosamente rico proceso de relectura del espacio urbano que se produce en una urbe que está siendo literalmente abandonada a su suerte, en una época en que la ciudad como la conocemos hoy está cercana a su extinción debido a la nueva estructura de la sociedad, más volcada a la ocupación dispersa del territorio. El genial cambio de escala que sufre la nueva Roma lleva a estampas maravillosas como el aprovechamiento del Foro de Nerva para un nuevo hábitat residencial. Parece ser que en Roma pensaron en algún momento que el espacio del antiguo foro desadoquinado era un lugar perfecto para construir granjas de dos plantas con rediles y huertos, huertos que cabe suponer no tendrían excesivo éxito ya que el terreno había sido en la antigüedad una gran zona palustre.

La mentalidad moralista del s. XVIII o de algún entusiasta de la época imperial como il Duce nos saldría sin duda con que la ocupación altomedieval del Foro de Nerva resulta inapropiada e indecente, apósitos fuera de lugar que desprestigian tan insigne construcción. Pero el hecho es que ese pórtico magnificente debía representar un buen abrigo a las viviendas del sol y los vientos, y le proporcionaría un marco, un entorno urbano definido y seguro, una ciudad dentro de la ciudad. Sin duda esta ocupación simbiótica no sólo era especialmente apropiada para la época en que se llevó a cabo sino que suponía un gran avance sobre el simple abandonar a su suerte una gran explanada completamente fuera de lugar e innecesaria en su función original dada la inmensa cantidad de espacio libre de mayores dimensiones y cualificación en las cercanías.

Lo cierto y verdad es que este hábitat desapareció como llegó, y a mediados del siglo XIX poco quedaba del Foro de Nerva más allá de lo que se aprecia en la foto que encabeza el post; un pequeño recuerdo que la piqueta mussoliniana quiso dejar completamente exento para escarnio del que pasa en coche embadurnándolo de negro por la flamante Via dei Fori Imperiali, no se sabe si como remembranza de un pasado ingenuamente mejor o como testigo de qué no hacer en el futuro.

Es imposible no sentirse atraído por la idea del forno regentado por los romanos en un pórtico habilitado del antiguo Foro, en el que los estratos de terreno ya han alcanzado, como marea incontestable, cerca de la mitad de la altura original de las columnas. La capacidad innata del hombre para hacer del más inopinado lugar un lar tiene aquí todo un ejemplar perdido al que se sumarían miles de imágenes de la Roma que es, fue y será.

Desplazamiento

Lo mismo que el óptico que gradúa nuestra visión comenzando por mostrarnos las letras más gordas y separadas espacialmente, así experimenta el artista: pasando de la imagen objeto, separado y espacialista, del objeto próximo y real, a la imagen lejana de ideas, a la imagen vacía, disminuyendo la letra para que no sea un estorbo. Este es el problema: acercar o alejar.

OTEIZA, Jorge de

Pienso desde el convencimiento que sintetizar es mentir. Por ello desistía habitualmente de plasmar mis pensamientos o sentimientos, por ahorrarme de alguna manera el sobreesfuerzo y la frustración de no conseguir transcribir fidedignamente, no lo que siento o pienso en ese nuevo instante, sino lo que recuerdo de aquello en el momento justo de iniciar la escritura.

No fue hasta hace muy poco cuando reparé en que es precisamente en ese margen, en ese desacompasamiento, donde se encuentra el verdadero sentido del arte. En el sentido mismo de la palabra transcripción, en ese desplazamiento necesario que se produce de un plano, puede que mental, a otro, físico. En el desplazamiento de un lugar a otro, de un medio a otro. De un lenguaje a otro distinto, o del dibujo a la palabra y viceversa.

El hecho de verme en la necesidad de resumir[me] para ser entendido, ha provocado una recreación verosímil de aquellas sensaciones; quizás porque el sentido completo de la idea no empezó a completarse hasta el momento justo de empezar a escribir.

De la misma manera que un lanzador de esgrima enfoca a su adversario y no a su propio puño para golpear más eficazmente en el blanco, el distanciamiento respecto del proyecto, el relato en este caso, o más precisamente respecto de su contenido, permite observar la complejidad en su conjunto hasta entrever su esquema organizativo, su todo, de una manera mucho más despejada y menos artificiosa. Como si las ideas y comentarios sobre las que no reparamos diariamente permanecieran escondidas hasta el día y momento adecuado, aguardando furtivamente para atacar en el momento justo.

Proporción

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En julio de 1981, en la redacción del Building Design, revista británica de arquitectura, recibí una carta de James Stirling. Presentaba un recorte de artículo del Runcorn Daily News, un periódico local del noroeste de Inglaterra, en el área de Liverpool. «Espero que a sus lectores les divierta tanto como a mí», era el seco añadido de Jim. Desdoblé la hoja. El titular decía: «Policía [Police Girl] observa hombre desnudo en pose divina».

PEARMAN, Hugh ~ The naked and the demolished: the scandalous tale of James Stirling’s lost Utopia, artículo de la revista Architect, diciembre de 2010.

En 1981, un grupo de enfermeras cuyo autobús pasaba por el barrio de Southgate, en Runcorn, Inglaterra, decidió llamar a la policia. Las trabajadoras estaban cansadas del espectáculo que contemplaban todos los días: siempre a la misma hora, un hombre de 36 años padre de dos hijos se asomaba desnudo a una de las ventanas redondas de su apartamento.

La policía decidió enviar a una oficial a constatar los hechos. Su declaración en la vista para resolver la denuncia fue: «apareció allí desnudo, me saludó y sonrió». Por su parte, una de las enfermeras añadió que a veces el hombre se colocaba con los brazos y piernas extendidas. «Ciertamemente parecía Dios».

En realidad, la enfermera parecía querer referirse al famosísimo dibujo de Leonardo da Vinci, el hombre de Vitruvio, que representa una figura humana inscrita en un círculo con brazos y piernas en diversas posiciones simultáneas.

El abogado de nuestro protagonista organizó su defensa culpando al arquitecto, ya que ventanas tan excéntricas no podían servir más que para producir ese tipo de incidentes. Lo irónico del asunto es que Stirling probablemente trabajó con las proporciones humanas a la hora de diseñar los huecos, apelando al exhibicionismo de modo subconsciente.

Sea como fuere, exhibicionistas y enfermeras, ventanas redondas y cuadradas, hormigón y chapa, todo eso ha pasado a la historia porque Southgate, concebido a finales de los sesenta y construido a lo largo de la década siguiente, fue demolido a principios de los años 1990.

El Pruitt-Igoe inglés para los críticos, las lavadoras o Legoland para los inquilinos, este barrio con veinte años escasos de vida se fue por donde había venido principalmente porque la empresa que gestionaba los apartamentos pensó que sería más rentable echar abajo los pisos ya devaluados y vender los nuevos que afrontar las cuantiosas reparaciones necesarias sobre todo en el sistema de calefacción, que se demostró un desastre arquitectónico al poco tiempo y encareció de forma imprevista el precio de los alquileres.

Southgate, que venía con la Shopping City debajo del brazo, un gigantesco centro terciario a la americana que se pensaba que funcionaría como núcleo comercial atrayente de la región —otro fracaso que apuntarle al planeamiento setentero—, representaba la aparición de un hábitat de 289 hab/Ha en una pequeña localidad del noroeste de Inglaterra, un monstruo descomunal para los habitantes de Runcorn con sus calles elevadas de hormigón armado y sus casas de lata. Los pisos no se vendían —en los años 1980 la ocupación nunca estuvo por encima del 70%—; los inquilinos le echaban la culpa al ambiente degradado, el arquitecto a las normativas municipales y los plazos apresurados, los administradores a la subida del precio del petróleo, todos lo mataron y la piqueta lo derribó.

El caso es que lo que ha venido a sustituir al malogrado proyecto de Stirling no es mucho mejor. La degradación ya es palpable, y paradójicamente la dimensión más contenida del nuevo barrio —se pasó de 1300 a 554 viviendas— ha provocado carestía de vivienda social de alquiler en la región. Si los setenta no funcionaron y los noventa no están funcionando, que el recurso sorprendente -por manido- de construir casas de estilo victoriano en pleno siglo XXI sea la solución es algo que está por ver.