Traslaciones

Boulevard de la Historia de la Arquitectura, Hans Dieter Schaal, 1970

De un modo realmente específico y difícil de describir, aquí la diversidad de las épocas se ha entrelazado, se ha hecho contemporánea. Puede decirse que pasado y presente son en Roma una sola cosa, o viceversa, que el presente duerme aquí en la subjetividad del sueño, como si se tratara de un pasado.

SIMMEL, Georg ~ Roma. Florencia. Venecia

Todos los obeliscos de Roma habían sido traídos a la ciudad o erigidos en ella ya en época imperial, pero ninguno de ellos se ubica en el lugar donde fue hallado al desenterrarlo.

Nolli movimiento obeliscos

El obelisco de la Plaza del Popolo fue erigido en el Templo del Sol de Heliópolis por el faraón Ramsés II. Llevado por Augusto al Circo Máximo de Roma, 4077 km y veintinueve siglos después el papa Sixto V desenterró en 1587 las piezas que lo componen para ubicarlo donde lo vemos hoy. Esta mole tuvo además un compañero de viaje, el obelisco hoy ubicado en la Plaza Montecitorio (frente al actual Parlamento de Italia), mandado alzar por el faraón Psamético II en el siglo VI a. C.; ambos fueron traídos al mismo tiempo, aunque Augusto decidió ubicar este en su Horologium Divi Augusti, y no fue encontrado, roto en cinco grandes partes incompletas, erosionadas y calcinadas, hasta el derribo de unas casas traseras de Montecitorio en 1748. La historia no se cansa de repetirse, ya que este obelisco, también heliopolitano, había sido abatido por los persas en su conquista de Egipto cinco siglos antes de que Augusto lo recompusiera.

Solarium Augusti III

El Horologium, o Solarium Augusti, no era sino una de las ambiciosas operaciones urbanísticas del emperador: una ciudad-reloj en la que el monumento funcionaba como aguja solar, planteada para alcanzar con su sombra el Altar de la Paz o Ara Pacis el 23 de septiembre, día de su cumpleaños. Esta estructura, cuya existencia real permaneció en entredicho durante siglos, como aún lo están sus dimensiones, fue sacada a la luz a finales de los años 70 por obras en el sótano de un pequeño establecimiento. Curiosamente la megalomanía había quedado rápidamente injustificada, ya que en época tan temprana como la de Plinio la aguja se había desviado de su posición; y lo que se ha hallado responde a una corrección utilizando el mismo pavimento elevado 1,50 m que es un siglo posterior. Sorprende que la meridiana encontrada, que debe ser copia de otra griega, describa de manera bastante vaga y poco práctica el paso del tiempo (ETESIAI PAGONTAI = ya soplan los vientos etesios, vientos que soplan desde finales de agosto en el Egeo, nunca en Roma), al par que el tránsito de los signos zodiacales ([LE]ON, PARTH[ENOS] = Leo, Virgo). Siempre se dice que un reloj parado marca bien la hora dos veces al día; el sótano de esta tienda lleva anunciando el final del verano desde hace dos milenios.

Solarium Augusti Planta detalle

[Dos iniciativas del siglo XVIII trataron de retomar la tradición imperial de domeñar el sol: en 1702 Francesco Bianchini trazó una meridiana en la miguelangelesca Iglesia de Santa María de los Ángeles haciendo pasar el sol por un minúsculo orificio tallado en un capitel y la estrella Sirio por otro; esta línea sirvió para medir la hora de todos los relojes de Roma hasta mediados del siglo siguiente. Y a finales del XVIII el papa Pío VI también quiso su minuto de gloria disponiendo un remedo del Solarium en la Plaza de Montecitorio y colocando sobre el referido obelisco un globo de bronce perforado para que el sol al atravesarlo a mediodía marcara el día del año. Tampoco funciona correctamente ya.]

Ara Pacis Agostino Veneziano 1535

Volvamos ahora a otro de los elementos del Reloj de Augusto al que antes hemos hecho referencia de pasada: el Ara Pacis, monumento a la Pax Augusta, la paz traída por las victorias del emperador. La historia de la relación de la ciudad con este monumento es icónica de esa inaprehensibilidad de un todo que la caracteriza: llevaba varios siglos desaparecido de los registros cuando en 1568 aparecieron algunos fragmentos bajo el Palazzo Fiano, en Via del Corso; fueron comprados por un cardenal y acabaron en los muros de Villa Médicis y en Florencia. No obstante, sólo con posterioridad se ha podido saber que la exactitud de los grabados de Agostino Veneziano, que treinta años antes ya reproducían motivos de la decoración, tenía que deberse a que porciones del mismo debían llevar en circulación todo ese tiempo. A lo largo de los siglos fueron apareciendo y dispersándose otros restos, hasta que finalmente Mussolini se propuso recomponer la gloria augústea en los años 30 y sacó a la luz la gran mayoría de los restantes. Para ello hizo falta recalzar el Palazzo Fiano, construir caballetes de hormigón con gatos hidráulicos, uno de cuyos pilotes perforó el basamento del Ara Pacis, y congelar a -40º C un talud de terreno de 70 m de diámetro. Y todo esto desistiendo de sacar a la luz el podio, para poder llegar a tiempo al bimilenario del nacimiento de Augusto el 23 de septiembre de 1938.

Ara Pacis años 30

Sopesadas distintas posibilidades, el Duce decidió entonces reconstruir el altar bajo un porticado cerca de los restos del rotondo Mausoleo de Augusto. Morpurgo, arquitecto del pabellón (que pronto recibió el nombre de la vitrina), tuvo que pactar un acabado provisional de la obra de cara a la inauguración, sin el cerramiento de vidrio, simplificando dimensión y número de pilastras, y travistiendo de hormigón y pórfido falso lo que iba a ser mármol y travertino. No es hasta los años 70 que el pabellón se cierra y el degradado monumento deja de estar a la intemperie; y en 2005 se construye el actual receptáculo, obra de Richard Meier. Precisamente lo único que se ha conservado de aquel pabellón es la reproducción en piedra de otra maniobra propagandística, la Res Gestae Divi Augusti, esta de dos milenios de antigüedad: una inscripción de 35 párrafos, por tanto en el límite entre la epigrafía y la autobiografía, en la que el emperador da cuenta de los hechos de su vida y su gobierno omitiendo los pasajes más comprometidos.

Ara Pacis, Il conformista, 1970

El último elemento del que resta hablar de los que formaban el Solarium de Augusto es entonces su propio Mausoleo. A medio camino entre monumento y naturaleza, túmulo funerario campestre y elemento geométrico urbano, en la actualidad se halla aislado desde que Mussolini, en su afán propagandístico, mandara derruir todo lo que se encontraba a varios centenares de metros a la redonda, en un movimiento similar al efectuado en otras zonas de la ciudad como el Teatro de Marcelo o los Foros Imperiales. Durante el siglo XIX, cuando la monumentalidad todavía no estaba reñida con la superposición de usos, esta imponente estructura había funcionado como auditorio.

Ara Pacis Richard Meier I

La megalomanía de Augusto y Mussolini, de los Papas y de los reyes de Italia, en épocas de bonanza se extendía a todos los súbditos con posibles. Así, en el siglo I a. C. Cayo Cestio, en medio del furor por lo egipcio de que formaba también parte todo ese trasiego de obeliscos, vio como algo perfectamente normal construir su mausoleo en la Via Ostiense, a las afueras de la ciudad, en forma de gran pirámide forrada de mármol de Carrara. Aún más interesante resulta el hecho de que el único motivo por el que el monumento se ha conservado hasta hoy (uno muy similar en el Vaticano llegó vivo solo hasta el siglo XVI) sea que en el Bajo Imperio, quedando ya lejos aquel derroche de esplendor y habiendo de abaratar de todas las formas posibles la construcción de las nuevas murallas, el emperador Aureliano decidió aprovechar cualquier gran estructura disponible integrándola en el trazado para ahorrar material. Así hizo con el Cuartel de la Guardia Pretoriana, el Anfiteatro Castrense o la propia Pirámide, alterando para siempre sus espacialidades pero anclándolas a cambio a una seguridad práctica en el incierto transcurso de la historia. Tal cristalización del devenir de los monumentos en un instante temporal concreto tendría claros ecos por ejemplo en el Ponte Ruinante de Bernini o la intervención de Raffaele Stern en el Coliseo.

Porta San Paolo y Pirámide de Cestio

Esta serie de discontinuidades espacio-temporales nos cuenta la historia de una verdadera Roma Interrumpida. La ciudad se asienta sobre una larga tradición de desplazamientos materiales y proyectuales de la que aquí podríamos rescatar algunos ejemplos.

En 663 el emperador bizantino Constante II se halla de visita en Roma, en ese momento provincia dejada de la mano del Imperio, que tiene su sede en Constantinopla y gobierna Italia desde Rávena; hace más de cien años que la ciudad no cuenta con la presencia de un emperador. ¿Qué hace Constante? En un gesto con el que trata de afirmar su supremacía sobre la del Papa, señor de facto de Roma, manda expoliar el revestimiento de bronce de la cubierta del Panteón para embarcarlo a la capital oriental. No obstante, las tejas se pierden en Sicilia a manos de corsarios sarracenos, después de lo cual se tienen noticias de que fueron llevadas a Alejandría para su fundición, donde suponemos adornarían palacios árabes de las formas más variopintas.

Panteón reparación grietas ha 1925

Unos mil años después, los herederos del cardinal Cointerel encargaron a Caravaggio la decoración de su capilla en la Iglesia de San Luis de los Franceses con dos pinturas de episodios de la vida del apóstol San Mateo; el pintor, que afrontaba uno de sus primeros encargos para trabajar en una iglesia, retrató con candor a San Mateo como un humilde campesino recibiendo ayuda del ángel para escribir el Evangelio. El cuadro no fue bien acogido y Caravaggio tuvo que reemplazarlo por una versión más tradicional de la historia, que es la que vemos hoy. La obra rechazada fue comprada por Vincenzo Giustiniani y se perdió para siempre en Berlín hacia el final de la Segunda Guerra Mundial.

Caravaggio San Mateo y el Ángel 1602

Pero aparte de estos desplazamientos que brillan con luz propia en el mar de cambios que es la ciudad, hubo un tiempo en que la traslación generalizada fue directamente el modo de vida de muchos romanos. El cosmatesco, el tipo de pavimento que podemos admirar en la mayoría de iglesias medievales, está compuesto de diversos mármoles; blancos, pórfido (de color púrpura) y serpentina (de color verde) extraídos y cuidadosamente triturados de los monumentos de la antigüedad. Precisamente los círculos que por lo general conforman la base geométrica del diseño no son otra cosa que secciones de las innúmeras columnas que decoraban los templos romanos.

Cosmatesco Santa Maria Maggiore de Civita Castellana

Roma permaneció así durante siglos como una cantera de sí misma, continuamente destruyéndose para construirse; diariamente se fundían el travertino y el mármol para fabricar cal con que levantar las casas; las estatuas de la más bella factura se usaban como relleno para los cimientos; las naves de las iglesias se sostenían con columnas de la más variopinta procedencia, sin importar el color, el tamaño o el orden arquitectónico; y en fecha tan tardía como 1704 el Papa podía permitirse usar el revestimiento del Coliseo para pavimentar el fastuoso Puerto de Ripetta, que casualmente no ha sobrevivido a su proveedor.

Y es que en Roma se han construido calles enteras de edificios fantasma, trasladados desde otros lugares y puestos en fila como vaciados de yeso en exposición permanente.

Casa de Flaminio Poncio en Campitelli 1960

Quisiera hablar ahora de tres edificios. Estamos en 1960, aunque la estampa sería la misma hoy; la fotografía reúne dos de ellos, la fachada en primer plano y la iglesia que se atisba en el lado izquierdo, y ninguno fue construído aquí por primera vez. Esta es una segunda vida que les fue concedida después de que los barrios en que se alzaban fueran pasados por la piqueta en los años 20 y 30 del mismo siglo.

Santa Rita de Casia, GB Falda, 1669

La iglesia es Santa Rita de Casia, una joya barroca de Carlo Fontana demolida en 1928 para abrir una nueva vía que conectara el centro con el sur de la ciudad; fue desmontada pieza a pieza y puesta en depósito hasta su reconstrucción en 1940 enfrente de la ubicación original. Bajo ella aparecieron los restos del ábside y campanario de la hasta entonces nunca ubicada iglesia medieval de San Blas del Mercado, construidos a su vez directamente sobre una insula romana. En la misma calle se reconstruyó también en los años 50 la fachada de la casa del arquitecto Flaminio Poncio, que hasta 1933 se erguía en la Via Alejandrina, todos cuyos edificios fueron demolidos para trazar las explanadas de la Via del Imperio, y sus carpinterías reutilizadas en nuevas construcciones.

Demolición del Quartiere Alessandrino 1931

Un tercer edificio, el conocido como Palacete Venezia, fue a su vez desmontado en 1910-11 para ensanchar la Plaza Venecia favoreciendo las vistas del Victoriano; la reconstrucción se hizo a un puñado de metros de la anterior ubicación, al otro lado de la Basílica de San Marcos, aprovechando para reescribir una versión regular de la historia al convertir la forma trapezoidal original en cuadrada y reducir el número de arcadas del patio.

Nolli Campidoglio desplazamientos

Nolli Campidoglio desplazamientos actual 2

No debería sorprendernos ni el movimiento de las ventanas y puertas, ni de los edificios, ni de los centros de poder, toda vez que Roma es una ciudad que ha estado permanentemente moviéndose de un lado a otro. Durante siglos, el movimiento constituyó una liturgia parte fundamental del urbanismo de la ciudad: cada vez que se elegía un Papa, toda ella marchaba en procesión desde el Vaticano hasta San Juan de Letrán, y la vía que unía estos dos puntos era en la que intentaban tener casa todas las grandes familias, que competían entre sí por ostentar las más ricas fachadas o las mejores vistas.

Walking City, Ron Herron, 1964

Este carácter innato del movimiento en la ciudad puede entenderse también a una escala temporal mucho mayor: desde el asentamiento primitivo de Rómulo y Remo en el monte Palatino, el primer cinto murario de la Roma Quadrata, sus habitantes fueron colonizando las famosas siete colinas, apoyados en una mastodóntica infraestructura hidráulica, de millas y millas de acueductos que garantizaban el acceso al agua potable de todos sus habitantes. Cuando en el siglo V muchos de los acueductos quedaron gravemente dañados en el curso de las guerras entre bizantinos y ostrogodos por el control de Italia, las siete colinas se convirtieron en inhabitables y lo que quedó de la ciudad se desplazó a la llanura inundable del Campo de Marte, que desde la época del Imperio había sido una especie de resort de las clases altas, mientras los principales lugares de representación urbana, Foros, Anfiteatros, Termas, eran literalmente pasto de las vacas o sitios donde tender la ropa.

Ropa tendida en el Foro Romano 1858

Este texto conforma, junto con el anterior y el que aparecerá publicado en los próximos días, la conferencia Roma. Fragmentos, Desplazamientos, Reversiones, impartida en la asignatura Intervención en el Patrimonio de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla el 23 de marzo de 2015.

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